Me dije a mí mismo que necesitaba espacio. Que estaba molesta, pero que lo superaría. Tenía un nuevo trabajo, una nueva ciudad, una nueva vida que se desplegaba ante mí. La culpa afloraba de vez en cuando, pero la apartaba. Siempre había sido fuerte. Supuse que siempre lo sería.
Cuando el trabajo finalmente me trajo de vuelta a la ciudad para una conferencia, decidí visitarla. Sin previo aviso. Imaginé una conversación incómoda, tal vez algo de tensión, tal vez perdón. Nada que no pudiera manejar.
Lo que encontré, en cambio, me destrozó.
La puerta principal estaba abierta. Esa debió haber sido mi primera señal de alerta. La casa se sintió extraña en el momento en que entré. Demasiado silenciosa. Demasiado vacía. Los muebles habían desaparecido. Las paredes estaban desnudas donde antes colgaban las fotos familiares.
Seguí un leve sonido hacia la sala de estar, con el corazón latiendo con fuerza a cada paso.
Estaba en el suelo.
Pálida. Temblorosa. Su respiración era superficial e irregular. El dolor se reflejaba en su rostro de una manera que nunca antes había visto. Parecía pequeña. Frágil. Como si la fuerza que una vez la definió se hubiera desvanecido lentamente.
Me arrodillé, llamándola por su nombre, con las manos temblorosas mientras intentaba ayudarla a sentarse.
Aun así, sonrió.
«No quería preocuparte», susurró.
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